Alta es lo más parecido a una religión que ha producido la industria del esquí estadounidense. Fundada en 1938 por el US Forest Service tras el desplome del boom de la plata, fue una de las primeras estaciones del país y se mantiene fiel a su idea original: solo esquís, sin escenografía, mucha nieve, mucha lealtad. La montaña se divide de manera natural en dos vertientes, Wildcat y Sunnyside, y la rivalidad local entre los habituales que orbitan en torno a una u otra tiene su propio folclore. Honeycomb Canyon ofrece uno de los terrenos balizados más comprometidos de Estados Unidos, con entradas empinadas cargadas por el viento sobre bosques cerrados. El acumulado anual juega en la misma liga que el vecino Snowbird, por encima de los 14 metros, y un telesilla interconnect une ya los dos dominios para quien compra el forfait AltaSnowbird. La base es un rosario de lodges sin pretensiones, entre ellos el Rustler Lodge, el Alta Lodge y el reconstruido Snowpine Lodge, que se parecen más a refugios de esquiadores que a hoteles de cinco estrellas. El servicio es cercano, las camas básicas, el bar ruidoso, y el precio a pagar por todo esto es dejar el snowboard en casa. Alta conviene a los locos de la nieve polvo, a los puristas del esquí y a quien venga por la nieve antes que por la pose.